“Los Anillos de poder”: un mágico cine en su casa

Con una cinematografía (quizás) única en la televisión, y un cuidado respeto al legado de la trilogía original, la épica serie de Prime Video cumple con creces a la hora de narrar una historia tan amplia como simple, sin perder de vista el terror que significa Mordor en Tierra Media.

A nadie debería sorprender el nivel de producción que refleja “El Señor de los Anillos: los anillos de poder”, nombre oficial de la primera serie basada en las novelas de J.R.R. Tolkien. Con un presupuesto inicial de 450 millones de dólares, y oficinas centrales en Nueva Zelandia -capital espiritual de Tierra Media-, los encargados del show prometieron volver a las raíces, algo sucias tras el irregular cierre de la trilogía de “El Hobbit”.

Y el objetivo fue más que logrado. Con dos episodios -que en verdad  funcionan mejor juntos-, la saga plantea de entrada y sin miramientos el tono general: largas introducciones, cuidada fotografía y un diseño de producción extraordinario para ambientar como corresponde las historias de estos seres que desafían la muerte en Tierra Media.

Este es el primer signo de que el show es la continuación audiovisual de “La Comunidad del Anillo”, tanto en el cuidado de los detalles como en un guión que sigue al pie de la letra la larga prosa clásica Tolkien, llena de adjetivos y pausas contemplativas. 

Lo anterior ayuda mucho a contar, como corresponde y con total justicia, la historia de los distintos pueblos de la Tierra Media y más allá. Hay elfos que vienen de otros mundos. Hay proto-hobbits, formalmente llamados Harfoots. Hay hombres de pasado oscuro, enanos y enanas viviendo su mejor momento, y mucho más. Y en una serie que debe explicar la distribución demográfica de todo lo que es Tolkien, el trabajo está más que logrado. 

Es cierto que el ritmo puede ser demasiado pausado para algunos impacientes, pero en la combinación de parsimonia con violencia rompe esa monotonía gracias a un truco que Peter Jackson explotó al máximo: mezclar fantasía y gore. Así vemos en el show desde leche negra hasta el descabezamiento de un orco particularmente molesto. 

Lo mismo puede decirse del juego entre el efecto especial práctico y el digital: aprendiendo de la última parte de “El Hobbit”, esta serie le baja a los pixeles para darle espacio a trucos audiovisuales llenos de oficio y que saludan la inventiva del destacado Juan Antonio Bayona, que dirige los dos primeros episodios con mucha muñeca en secuencias clave.

En cuanto a la historia, la serie no le hace el quite a los conflictos tradicionales entre pueblos: al clásico elfos vs. enanos -llevado con un gran momento entre Elrond, el príncipe Durin IV y su esposa Disa-, se suma una tensión casi militar en una zona donde los hombres -antiguos amigotes de Morgoth-  son vigilados con celo.

Pero lo mejor es que la serie abraza el candor y ternura casi sacramental que llena el texto de Tolkien. A la belleza reverenciada de los elfos se suma Elanor Brandyfoot, personaje nuevo y miembro de un pueblo que es la continuación espiritual de los Hobbits, más descuidados pero igual de sigilosos, tiernos y campestres.

Quizás el gran problema de “Los Anillos de Poder” es que al ser una serie – y no un filme-, se dará todo el tiempo necesario para explicar muchas cosas, varias complejas, llenas de nombres extraños y destinos desconocidos. Ni hablar de los misterios sin resolver y que se irán descubriendo con el paso del tiempo. 

Por eso, una advertencia: aunque “Los Anillos de Poder” cumple con todas las características que hicieron a El Señor de los Anillos una de las cintas de fantasía más respetadas y exitosas en la historia del cine, el traspaso a la televisión puede no generar el mismo efecto. Con un espectro más amplio, un mundo nuevo y personajes que rozan el misticismo, el show, sin dejar de ser un espectáculo único, no es fácil de tragar.

Pero si pasas los dos primeros episodios – o eres fanático del trabajo de Peter Jackson con Tolkien-, podemos asegurar que cumple con todo lo esperado y más.

Mucho más.

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